Anita Li: Casa de nadie, refugio de todos.

Tirarse al mar es olvidar, es no esperar nada, dejarse sorprender y que las olas decidan que de nosotros regresar y que no.

Siete años después de abrir I Latina, lo volvieron hacer, sin pensarlo, sin planearlo, perseguidos — como siempre — por el olfato, por el estómago, por esa lombriz en la panza que parece no dejarlos quietos, porque como bien dicen ellos mismos “lo que sea hace viejo es el cuero y el hueso, no uno” y es claro, los años solo se les notan en dónde deben notarse.

Así como las sorpresas del mar, Anita Li tomó forma circunstancialmente justo a lado de su hermana mayor, en la misma calle pero en la siguiente puerta.
Las queremos igual, parecen idénticas, pero — desde el nombre — son contrarias. Hoy en día se comparten platillos, no así la cocina ni el equipo. Anita Li trabaja mientras I latina duerme, aun así es fácil observar que la familia está bien.

En Anita Li hay que meter la mano con elegancia pero sin pena, taquear, voltear a ver las paredes porque si se pone la suficiente atención uno puede ver el futuro y gran parte del menú en ellas.

La mayoría de las veces en los platos vas a encontrar una mezcla de chiles, quesos, hongos, purés, chorizos, pesca del día al grill o a las brasas, camarones y pollo al thai, con aguacate o coco, de todo pero bien acomodado, pues la cocina y la barra — como ellos — son rebeldes, pero no desordenados.

Sin duda hay lugares a los que vuelves porque te sientes en casa, este no es el caso, Anita Li no es casa de nadie, pero si refugio de todos. Un lugar al que — irónicamente — entras para poder salir, para poder olvidar, para de vez en cuando poder tirarte al mar.