Hueso: Quedarse Para Siempre

Hueso

Mucho se ha hablado ya de la ubicación, de la remodelación de la casa, del espectacular diseño de interiores, de la gigante mesa comunal y, por su puesto de la comida, Juan Manuel Monteón, socio y cómplice de Poncho Cadena en este desasosiego que resulta el habitar por algunas horas sus restaurantes lo deja muy claro, “los protagonistas son los comensales, el resto es una puesta en escena que nosotros montamos todos los días”.

Poncho y Juan Manuel son unos inquietos, genios y perfeccionistas que dejan pocas cosas fuera de lugar; pasar un par de horas con cualquiera de los dos resulta en una borrachera de sentidos que te deja queriendo contar los huesos de la pared y, por ende los tuyos. En Hueso uno se pellizca para saber si sigue ahí.

La cocina abierta es entonces la tercera llamada. Poco después de que uno sobrepasa la mitad del lugar no hay vuelta atrás, el espacio te desarma. Un pulpo adobado, montado sobre una base de chiles quemados y cebollas encurtidas es el primer coqueteo serio de la noche.

Para ese momento ya no importa quién eres, para la mitad de la cena ya no existen los “yo soy” existe “el somos”. Un grupo creciente de desconocidos — ahora conocidos — comparten no solo la mesa, comparten los platos, la carta de vinos, la misma forma de ver la vida por lo menos por unas horas, no se exagera, Poncho y Juan Manuel están acostumbrado desde hace mucho tiempo a estos banquetes colectivos, Nacho — padre de Poncho — no nos dejaria mentir, esto viene de casa.

Los más astutos buscan salida en la barra de cócteles del fondo; los necios nos quedamos, un short rib braseado, acompañado de vegetales asados y camarones salteados nos impide la salida. Ojalá nos la impidiera para siempre, ojalá fuera aquí, en Hueso, uno se abandona y con mucho gusto.