Nunca nadie me va a imprimir un libro I.

Recopilación de textos publicados en su gran mayoría dentro Posh Magazine durante el verano del 2013 y el invierno del 2014.

I. Aún más razones para huir.

Justo ahora que no tengo siquiera para pagar la renta, caigo en cuenta de que algo he hecho mal, o muy bien. Es quizás mi oportunidad para salir huyendo (como acostumbro) de lugares físicos y mentales en donde ya no me siento bienvenido. Si la gasolina no estuviera tan cara y los “campers” no se hubieran dejado de fabricar tantos años atrás, yo viviría en uno. Repentinamente y para no exagerar, tendría que parar en cada Starbucks del mundo, para robar (como acostumbro) una digna señal de internet. Grandes genios, a mi consideración, aquellos que optan por vivir así: flexibles, móviles y sin sobre equipaje. El único combustible necesario es su curiosidad infinita, sinónimo de gran capacidad de inventiva y continuos inicios que enamoran.

II. Mi padre.

El 21 de diciembre del año pasado, 2011, murió John Chamberlain en su casa de Manhattan. También en diciembre, pero dos años atrás, en 2009, Ford Motor Company liquidó a mi padre después de más de cuarenta años de servicio. ¿Cuál causa? La crisis de la industria automotriz mundial. Buscar explicaciones en el arte es sinónimo de limitar la verdadera función de éste. Buscar explicaciones en el sistema económico me hace agradecer que mi padre aún no muera.
Chamberlain, considerado por muchos el Pollock de la Escultura, y uno de los primero artistas en llevar el Expresionismo Abstracto a niveles tridimensionales, utilizó como principal material en su obra “metales encontrados”, sobre todo chasis y trozos de coches aplastados y doblados. Un trabajo estético, abstracto y poético muy lejano a la violencia obvia que podría reflejar una industria automotriz accidentada y violentada .
Chamberlain hizo hincapié en la importancia de la “forma”, o el matrimonio de las partes, en su Escultura. Sin embargo, en algún nivel, sus conglomerados de cadáveres automovilísticos, inevitablemente, deben de ser percibidos como testigos de la cultura del automóvil norteamericano y su notoria decadencia.
Un par de días después de la muerte del artista, en una de las salas del Guggenheim en Nueva York, mi padre y yo nos encontramos parados frente a “Dolores Santiago”; una de las obras más importantes de Chamberlain. Mi padre fumaba como si quisiera morir… yo sólo pensaba en lo mucho que odio las coincidencias; John Chamberlain era mi padre favorito.

III. La verdadera belleza.

He fracasado seis veces seguidas al tratar de iniciar mis años en un gimnasio. Una vez casi pago la suscripción. Mi propia ley del mínimo esfuerzo me hace pensar que en esta vida, de “surfer “ solo tendré el color, los cuadritos y espalda se quedan como las olas, cada vez más lejos.
No resulta novedad que algunos hagamos el intento de llevar una vida mejor y más sana, hoy en día a lo largo y ancho de nuestras ciudades existen casi en equivalencia restaurantes de comida japonesa que restaurantes de comida sana con base en ensaladas y productos orgánicos. Una vida verde, pues.
Nuestro sentido actual de la Estética, enmarcado por algunos cuantos, nos obliga a buscar una readaptación en el mercado y volvernos una apuesta atractiva para el sexo apuesto, porque todo es eso ¿no?: atracción, conquista de miradas, piel joven, lisa, cuerpos ondulantes hasta los labios… Por desgracia no tan ondulantes como antes, pero sin duda bien perfilados.
Abandonado en la desesperanza y contagiado por los nuevos y estrictos órdenes alimenticios mundiales en los que uno ya no puede comer nada que no pueda comer un canario, lo he dejado todo. Los lácteos, las carnes, los embutidos, refrescos y pastas se han llevado mi dignidad y he pasado de beber oscura a beber light… Los cuadritos y la espalda todavía no están aquí.
Así pues, aun cuando esos esfuerzos de comer como canario nos otorguen los primeros triunfos, estaremos muy lejos de la verdadera belleza; esa que se entrepierna y tambalea sólo como símbolo de vanidad.

IV. La marcha hacia el paraíso.

Si fuera yo tan afortunado como para poder elegir entre salud, dinero y amor, y alguno de estos placeres se me otorgara de manera eterna, sin titubear, elegiría “creer”. Ese simple acto de fe, carente muchas veces de razón y argumentos válidos dignos de un presente tan exigente se ha vuelto tan complicado que, si uno es víctima de una repentina desconcentración (como las hay muchas en la actualidad) uno termina perdiendo la fe hasta en uno mismo.
Hoy en día creer, en un terreno tan espinado como lo es el nacional, resulta un acto más difícil que el que escenifica un ciego huyendo de Alcatraz. Justo ahí está el problema; el mexicano no ve (o no quiere ver ). El mexicano no siente; a estas alturas hemos perdido no sólo las ganas, sino que también hemos perdido el corazón.

V. ¿No te da vergüenza sonreír?
A fuerza de ser honestos, nunca en mi no tan larga vida había tenido ganas de suicidarme, y eso más que perturbador debería de resultar emocionante, cuando lo de aquí ya no alcanza, lo que sigue siempre será mejor, uno nunca sabe, quizás la muerte trae consigo luz neón.
Esas no ganas de cualquier cosa, esa vergüenza de sonreír, esa polvareda que ocurre simultáneamente a lo largo de un país lleno de momentos electorales depresivos, izquierdas perdidas en un falso intelectualismo, auto saboteadas, derechas caballeras sin memoria, centros perdidos, violentados pero recién bendecidos, un país poco lucido, adolescente injusto, refugiado en los vicios como negocio, mal entretenido por la escuela y mal educado por la televisión, ciego y poco atractivo, esas no ganas, esa depresión, es la mía y la tuya también. ¿No te da vergüenza sonreír?

VI. Love on fire

Alguna vez leí a Guillermo Fadanelli citar a Remy de Gourmont diciendo que “la mayoría de los hombres que hablan mal de las mujeres en realidad hablan mal de una sola mujer.” En mi caso, puedo asegurar que hablo mal de dos. El texto de Fadanelli seguía y explicaba con maestría el difícil y vasto universo del comportamiento de las mujeres y el impacto obvio que éstas tienen con el amor, concepto aún más difícil de explicar y que, últimamente, a éste que escribe, lo enferma, excita, incendia o, de una manera más humilde, lo desespera.
Llevar este texto hacia los límites entre las mujeres y el amor, arista sinónimo de caos, no sólo sería peligroso, sino interminable (como el amor puro y hasta hoy inexistente) así que, procurando la salud de todos, llevemos esto a terrenos más estables que frente al amor y su compleja estructura, se ve minúsculo, pero es igual de dinamitero y reflexivo: el arte.
Podría todo ser mejor y más fácil si en al amor se usara el punto final y no las comas. Sin embargo, igual que en el arte, yo prefiero los dos puntos; esa separación fácil para dos partes de una oración con proposiciones independientes que, a diferencia del punto y coma, imponen un matiz de causa-efecto y dependencia semántica… mucho más social que objetiva, pues aquél que se queje del amor o las mujeres estará mintiendo, pues yo mismo ahora amanezco enamorado de una.

VII. A las mujeres hay que odiarlas.

Me recomendaron alguna vez odiar a las mujeres que se dicen tus amigas, ya que por eso mismo dejan de ser mujeres deseables y se convierten en un tumor que nadie esperaba. Odio la moda por que no la entiendo (casi igual me pasa con las mujeres). La moda es tan ausente en realidad, fría, banal y vacía que en mis cartas es mil veces superior un animal, hablando de fidelidad y belleza natural; casi igual me pasa con las mujeres, aunque en estas últimas admiro su talento de seducción y nauseo mis cualidades de animal. La versión escrita más conocida de esta historia de la Bella y la Bestia fue una revisión muy abreviada de la obra original, publicada en 1756 por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. La moda es una mala prostituta, rápida, cara, llenadora de vacíos, atractiva y hoy en día hasta flaca; ya no hay mujeres gruesas, y eso se lo debemos de reclamar hasta el hartazgo, pues la moda nos robó la generosidad de las carnes.
Fernando Pessoa escribe en El libro del desasosiego una frase que me ha dado muchas explicaciones en esta vida: “No se puede amar u odiar una cosa, sino hasta después de haberla comprendido”. Entonces, por ecuación matemática, ni odio la moda, ni odio las mujeres, dado que a ambas no las comprendo. Contraste absoluto, y por lo cual prefiero los animales y la prostitución.

VIII. Injusticias de grado menor.

El mundo es injusto. Esta es una premisa que nadie, por lo menos en algún momento de su vida, ha tachado de inválida. Algunos, incluso, la repiten día a día hasta sentenciarla como una verdad. Desde aquella que quiso ser más alta, güera o lacia hasta aquél que quiere ser más fuerte, más rico o menos “güey”.Conozco algunos que juran que el mundo les fue injusto de nacimiento al no nacer en al abolengo… vaya suerte la nuestra.
En un mundo donde hablar de justicia es sinónimo de concepción, varias vistas, o “según nos convenga” hablar del término se pone un poco más complicado. Debido a esto uno anda por la vida (ya por defecto) sintiéndose culpable de todo y por todo. Basta con abrir nuestra red social favorita para darnos cuenta de lo injusto que es el mundo, lo injustos que somos con los perros, lo injustas que fueron las elecciones o las olimpiadas o lo injusta que fue la novia al revolcarse con otro… entre otras injusticias de “grado menor”, como el unfollow o el bloqueo de tweets.

IX. Todos somos Indios.

En “El ensayo, sobre los dones”de Marcel Mauss, uno de los «padres de la etnología francesa» de múltiples ecos (antropológicos, sociológicos y filosóficos) se teoriza sobre la idea de que los objetos que se obsequian, poseen un espíritu (hau), mismo que se asocia con esa fuerza que estos contienen y que es compartida con quienes los han poseído. “En el fondo, ese hau quiere volver al lugar de su nacimiento, al santuario del bosque y del clan y por lo tanto a su propietario” (Mauss 1971: 168). Así pues, el árbol que hoy se ha convertido en papel, tendría que regresar al bosque en manera de agradecimiento, como si los objetos gozaran dentro de su propia materialidad de una especie de memoria que en este caso los hace ser conscientes de sí mismos y buscar el origen en la naturaleza, en la madera del bosque.
Esta profunda manera de intentar eliminar los límites del tiempo, origen y naturaleza, gobierna hoy más que nunca, en un caótico escenario mundial, donde el regreso al origen brilla como ese reencuentro con la verdad, libre de toda preocupación. El final está en el origen, la luz no es conclusión; es prólogo. Todos somos Indios.
Mauss menciona en el mismo ensayo: recibir debería siempre traer consigo un regreso, cuyo resultado implica tener nuevos grupos con quienes realizar otro tipo de intercambios, o anular las diferencias y formar alianzas, pues al final el origen de todos es el mismo, pero nos negamos a entenderlo.

X. The good son.

El frágil equilibrio emocional de la familia se rompe el día en que los hijos despiertan y se van. No sólo no somos libres; más bien no sabemos serlo. La información como método de control, el miedo como generador de violencia, la familia es nuestro origen de información, fuente principal del miedo, miedo como generador de violencia, familia es igual a violencia, no violencia física, sino violencia en la individualidad. La familia como medio de posesión, una propiedad común de los demás, ¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás pensando? ¿Cómo te sientes? Nada es privado, nada es tuyo.



Read Next
Take Fashion Seriosly